- Pero si es un A, B y C- dijo Horacio. La próxima víctima será una chica de veinte años cuyo nombre empiece con D. Busquemos en la computadora y sabremos de cuántas víctimas posibles estamos hablando-. Boquiabiertos ante la deducción todos se pusieron frenéticamente a conseguir los datos. En la ciudad había 100 chicas que reunían los requisitos. Nada tan fácil como conseguir hablar con las familias de todas ellas para alertarlas y ponerles una custodia a la espera de atrapar al asesino. Durante una interminable semana Danielas, Doras, Dalmas y otras, vieron como sus rutinas se alteraban por las precauciones policiales. Era el primer paso para que los asesinatos cesaran y tuvieran la tranquilidad necesaria para investigar otras pruebas. Todo gracias a Horacio. El nuevo cerebro del departamento de Homicidios. El asesino cometería un error y sería atrapado.
Las cosas fueron bien hasta que apareció el cuerpo de una chica de 20 años en un basural. Todas las miradas se dirigieron a Horacio. El asesino, en su casa, estudiaba los movimientos de su próxima víctima. Era inteligente, metódico, calculador, repetitivo. Apegado a las tradiciones. Soberbio, dejaba pistas. La última chica casi se le escapa. Charo, se llamaba.



