26/3/12

Plan B

A lo largo de su vida Mariano había desarrollado una obsesión severa:  estaba decidido a eliminar el factor sorpresa o al menos generar una serie de alternativas que lo atenúen. Detestaba profundamente no estar preparado para las contingencias, digámoslo más sencillamente: a no tener un "plan B". Con el correr de los años esta obsesión le consumía tanto tiempo que lo fue marginando socialmente. El tiempo que la mayoría de nosotros utiliza para mirar fútbol, tener sexo o comer alfajores a Mariano se le iba en preparativos. No fue sorpresa para sus conocidos cuando a partir de determinado momento siempre se presentaba acarreando un bolso bastante voluminoso. Según él, contenía una serie de cosas imprescindibles para tener una jornada en la ciudad sin contratiempos.
Un lunes Mariano salió bastante tarde del trabajo, con su famoso bolso a cuestas, y tomó la línea B del subte rumbo a Chacarita. Absorto en sus pensamientos no se dio cuenta de que era el único pasajero. De pronto el subte se detuvo y las luces se apagaron. A tientas abrió su bolso y sacó una potente linterna. Caminó por dentro de la formación y se percató de su soledad. Pero estaba preparado. Llegó hasta el primer vagón y descendió a las vías. Abrió el bolso y sacó un par de zapatillas confortables y guardó los zapatos. Sonrió y comenzó a caminar. Le extrañaba la inclinación del terreno. Una nube de mosquitos lo envolvió. Abrió su bolso y tomó un repelente que roció por su cuerpo. Palomas y mosquitos, dos plagas para las que, en Buenos Aires, hay que estar preparado. Sintió sed y un leve dolor de espaldas. Abrió su bolso y tomó una botella de esa bebida que toman los corredores y una cápsula de ibuprofeno. El líquido no estaba frío pero le sirvió. Comenzó a transpirar copiosamente. Se sacó la corbata y la camisa y las cambió por una remera liviana que obviamente llevaba en el bolso. Y así siguió caminando por horas, sorteando todos los obstáculos que se le aparecían. Se sentía como un poseído deseando que las cosas se le complicaran para demostrar que él saldría airoso de cualquier situación. Y se le complicaron.
Comenzó sintiendo un intenso olor a azufre y luego un escalofrío por la espalda. Y de pronto a unos metros divisó claramente al diablo. Un diablo amenzante que se acercaba lentamente. La suerte para cualquier mortal estaría echada, pero no para Mariano. Con actitud desafiante abrió el bolso y extrajo una caja de madera. El diablo la miró con sorpresa. De la caja, Mariano extrajo un crucifijo.

El martes Mariano fue a trabajar normalmente, si se puede llamar normalmente a ir acompañado de un bolso tan desproporcionado. En el infierno, muchos días después, continuaban las risotadas del demonio.
-Mejor que boludos como éstos se queden arriba- afirmaba.

17/3/12

No cometerás actos impuros

Ángela esperaba el ascensor en el hall del enorme edificio de oficinas. Estaba harta de sus tareas en la ciudad y no veía la hora de volver a su paraíso de paz y tranquilidad. Pero tenía obligaciones que cumplir y siempre había sido muy dedicada, a veces excesivamente. Subió al ascensor con la manada. A su lado entró un hombre que la impactó. Pulcro, bien vestido y fenomenalmente atractivo. Un cosquilleo se esparció por su cuerpo. Llevaba un libro en la mano y ella pudo entrever el título "Sexto y Noveno: dos Mandamientos a cumplir". Ángela sonrió, el candidato era justo a su medida. El hombre se bajó en el piso donde había varios bares y restaurantes con la idea de almorzar algo mientras se dedicaba a la lectura. Ella lo siguió y desde una mesa muy cercana comenzó un furibundo ataque para seducirlo. Se sentía poderosa y segura con su cuerpo trabajado, con su rostro delicado y su astucia incontrolable. No obtuvo respuesta. El tipo seguía abstracto en su lectura. -Chupa cirios- pensó. A partir de ese día lo siguió impunemente por todos lados en un acoso desvergonzado hasta que logró establecer una cita. Él respondió más por miedo que por convicción. Durante el encuentro y otros que siguieron ella se dedicó a calentarlo de todas las maneras posibles. Al principio el tipo respondía con una parrafada -Las causas del pecado pueden ser interiores y exteriores. Entre las interiores destacan: el orgullo, la falta de templanza y de vencimientos personales, la vagancia y la falta de oración o trato con Dios. Entre las exteriores cabe citar el ponerse en ocasión próxima de pecar al asistir personalmente, o a través de los medios de comunicación, a espectáculos indignos de un cristiano e incluso de cualquier hombre de bien. También las relaciones afectivas con personas que conlleven una excitación sexual consentida suponen una falta de fuerza de voluntad por la que se excluye una autoposesión que será donada verdaderamente en la unión matrimonial. El amor verdadero es el que nos hace ser mejores personas y, por tanto, nos acerca a Dios.-

Pero con los días los argumentos fueron cayendo por efecto de la calentura y del eficiente trabajo de Ángela. Ya casi dejándolo en estado de hervor ella logró que la invitara a su departamento. Desnudos, frente a frente, él pensaba en el castigo divino pero pronto se perdió quemándose en el cuerpo de ella. Cogieron toda la noche de forma frenética. Él se durmió con placer. El placer mutó en un dolor que le estallaba en el cerebro. Aterrorizado miró las sábanas ensangrentadas y su miembro cortado.

En el paraíso todos hablaban del próximo juicio oral que seguramente sería espectacular. Uno de los ángeles femeninos (los hay, no tengan duda) sería juzgado por excesos en el cumplimiento del deber. Los chusmeríos corrían por todos lados hablando de sus métodos para castigar a los que incumplían los mandamientos. Sobre todo el sexto y el noveno.


Nota: Cualquier semejanza con otros excesos  en cumplimiento del deber, es intencional.

8/3/12

¡¡ Mujeres eran las de antes !!

Estos consejos se difundían en los años 50 y los he rescatado de otros blogs que podrían demandarme por no mencionarlos. Son los que seguramente mi madre estuvo dispuesta a seguir ¿Los hombres de hoy como se sentirían con estas esposas?
EL NUMERO DIEZ ES ANTOLOGICO. JAJA.

3/3/12

Volvió una noche

Un timbrazo en medio del sueño es una cosa horrible. Alberto se despertó sobresaltado con malos presagios. Cuando contestó el portero eléctrico estos se disiparon de inmediato y su corazón no podía contener la felicidad. Era Estela. Estela, su obsesión.
La mujer que durante los últimos veinte años había deseado ciegamente. Por eso era mucho más acertado hablar de obsesión que de amor. Había hecho cosas inimaginables por ella. Se había rebajado a sí mismo a un ser patético, enfermizo y obediente. Estela nunca le prometió nada pero supo utilizar en su favor la enfermedad de Alberto. Ella tuvo una vida. Se casó, se separó. Se volvió a casar y tuvo hijos. Fue y volvió siempre. En cambio, Alberto, no. Se quedó paralizado. Esperando. Y en cada vuelta de Estela siempre estuvo para lo que ella desease. Y ella solo deseaba ahogar sus penas. Nada más. El fue una rueda de auxilio para todas sus pinchaduras. Un custodio de sus soledades al que le estaba vedado avanzar. Pero Alberto en estos oasis creía ser feliz aunque solo tuviera que conformarse con escucharla o acompañarla. Cuando ella se lanzaba otra vez a la vida, a él solo le esperaba su soledad, su deseo inconcluso, su realidad vacía de todo menos de  su obsesión.
Subieron a su departamento. Ella lo abrazó largarmente. Llorando y confesándole su amor. Su equivocación de todos estos años. No se iría más de su lado. Alberto le rodeó el cuello con sus manos y comenzó a apretar, ahogándola con lentitud hasta matarla. ¿Quién era ella para venir así de repente y arruinarle su confortable vida de víctima?